lunes, 20 de diciembre de 2010

Cuadernos de Roldán, tertulia poética.


Es de actualidad, en esta esquina, la presentación del Almanaque de Cuadernos de Roldán. Por aquí pasaron los “inquilinos” de la asociación y los poetas y pintores que han dado forma al Almanaque. Son gente curiosa, entre bohemios y funcionarios, los miembros de esta tertulia poética que cada año por estas fechas se reúnen para leer las poesías y reproducir las imágenes de las pinturas que conforman las páginas del Almanaque. La mayoría son maestros, como lo fue el fundador de Cuadernos de Roldán, Rafael Becerra, filósofo y poeta ya desaparecido. Continúa su hermano Carlos, junto a Pepe Aguilar, en las labores de administración y verdaderos espíritus que dan vida al “cuerpo” material de Cuadernos. También pululan por ella médicos, administrativos, algún aristócrata y gente por lo general dada a vivir y beber tras las lecturas y las elucubraciones existenciales y artísticas con las que producen los libros y las obras que Cuadernos de Roldán edita cada año con una periodicidad germánica: nunca ha incumplido su compromiso de poemarios, zaquizamís y almanaques que jalonan la producción editorial de cada temporada.

Hoy el día amaneció frío y lluvioso durante la entrega de los almanaques. Un día gris que contagiaba al ánimo. Las camarillas que se formaban por afinidades nunca esclarecidas no parecían dispuestas a continuar la tertulia por donde los ánimos predispusieran. Lo desapacible del día había contagiado a los ánimos, que se apagaron en cuanto recibieron el ejemplar correspondiente del Almanaque. Tampoco hubo en esta ocasión la lectura de los poemas que llenan de voces abirragadas el calendario ni la proyección de las reproducciones de cuadros que lo engalanan. Por faltar, faltaron incluso aquellos amigos que siempre te acompañan cuando procuras la evasión festiva. Sólo el Almanaque estaba a la altura de las expectativas, con su elegancia tipográfica, las musas en cada verso y la belleza de unas fotografías que inmortalizaban instantes y emociones. Al rato, el bar donde estaban reunidos fue vaciándose de tertulianos, cada uno con su Almanaque bajo el brazo y cubriéndose del mal tiempo y las malas horas. Son gente curiosa estos de Cuadernos de Roldán, como yo mismo en mi esquina indiscreta.

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